Tengo un vecino un poco peculiar si es que esto de la peculiaridad se puede medir en grados sin caer en la exageración. Responde o respondía -según se mire el que lo mente-, al nombre de “El Chili”, su apelativo de torero. Porque es torero sí, aunque ahora no ejerza, y cuando lo hizo no consiguió que saliera picador alguno a lo suyo es decir, a picar al toro. Tal y como lo hacen con los que definitivamente toman la alternativa. Vamos, que a lo sumo llegó a matar un par de novillos.

Merece la pena asomarse a la ventana cada día a la hora de siempre para ver el paseillo de “El Chili”, y su elegante caminar: espalda recta, mirada la frente y un paso decidido, equilibrado, acompasado y solemne en dirección a la panadería a comprar la baguette que mi vecino envuelve en el periódico del día como si fueran la muleta y el estoque. Da igual que sople viento, llueva o nieve que ahí va “El Chili”, como si se dirigiera a saludar a la presidencia en la Maestranza. Y ahí va el Chili todo chulo.

Y traigo a colación aquí a mi vecino torero por algunas razones. La primera porque a pesar del salto generacional -es ya jubilado- es mi amigo y me apetecía hacerle un pequeño homenaje, la segunda porque adora el cine, aunque sea de los de un solo género, y la tercera porque si yo tuve mi odisea con una pérgola el verano pasado, no le va a la zaga la suya con una revista.

Por partes: “El Chili” es cabezón, altanero, arisco y hasta chulo en ocasiones. Pero tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Llevo diez años pared con pared y jamás me ha pedido nunca nada, pero a la hora de dar, ¡Vaya si da el jodido! Gran cocinero, “musista” y mejor persona. Discutes con él, te puede mandar a la mierda pero tú también te puedes tomar la licencia de mandarle a él mientras no le faltes al respeto. Habla de los suyo, de los toros, como si los hubiera inventado. Dotado de una memoria prodigiosa es capaz de recordar cualquier corrida celebrada desde que Patxi Franco era corneta.

La faceta de “El Chili” cinéfila se refiere a un solo género. Un género que no es precisamente el mío: las pelis del oeste. Todos los días del puñetero año tiene que ver una de indios y vaqueros. Si no, no se va a la cama. Ahora bien, mientras te dirá sin dudar qué desayuna Joselito cada día, no le preguntes quién coño es John Ford porque no tiene ni idea. Lo del cine del oeste lo ve, pero no lo aprende. Memoria selectiva le llaman.
Y ahora vamos con la anécdota comercial de la revista, que la tiene, y me la contó hace un par de calendas entre guiño y guiño de las “treintayunas” con ese gracejo narrativo que tenían los juglares del medievo.

Y en esas me pongo yo también: Ocurriole a “El Chili” el mal fario que el que le vendía su revista mensual taurina favorita cerró la tienda. En estas necesitaba un nuevo proveedor y dirigiose a un estanco del pueblo donde vivimos, que es el mío nativo, y del que él es inmigrante. Entrando en el negocio y mentando el nombre de la revista, “la del Tabacos” –que así le llama mi hija pequeña a la que atiende el estanco-, le espetó que desconocía la misma sin reprimir su deseo de ponerse doctrinal: “… es que en este pueblo no gustan los toros…”. A lo que “El Chili”, que de torear sabe un rato, le contestó molesto mientras se giraba sobre sus talones para abandonar el establecimiento por primera y última vez en su vida:“… pues yo soy de este pueblo y a mí me gustan los toros…”.

Pero mi vecino, como buen torero, no es de arrugarse y si algo le sobra es tiempo. Así que dirigiose al pueblo de al lado en busca de mayor fortuna. Allí el quiosquero, librero o lo que fuera su merced, ante la misma petición e inusitadamente furibundo no dudó en soltarle un mitin anti-taurino: “…¿Cómo le pueden gustar a usted los toros, no le da vergüenza?…” entre otras lindezas.

Como más cornadas da un Vitorino, no se rindió y acabose la historia en la capital donde, a tiro hecho, tras un consejo de un colega de el Club Taurino, pronto dio con un punto de venta sin prejuicios a la hora de vender revistas sobre toros.

Poco sé yo de toros y poco quiero saber. No es lo mío y soy de los que piensan que si un día los prohíben me parecerá bastante lógico. Pero no soy anti, ni mucho menos. No puedo serlo porque si lo fuera no me asomaría al ruedo entre el 6 y el 14 de julio alguna tarde como hago cada año. Eso sí normalmente me aburren, lo reconozco. El Chili me dice que es porque no entiendo y probablemente tenga razón.

Pero, hablando de entender, lo que yo no puedo hacerlo es con las personas que teniendo un negocio dedicado a vender revistas de todo tipo trate así a un cliente. Primero porque es mucho más fácil: “Mire usted, lo lamento, por razones de conciencia no puedo vender este tipo de revistas”. Que es como despacha educadamente un farmacéutico del opus que conozco cuando le piden condones. Pero de ahí a adoctrinar (“no le da vergüenza”) o a argumentar tomando una parte por el todo (“en este pueblo no gustan los toros”),…

A mi modo de ver es mucho más fácil para el de la tienda: “voy a mirar a ver si le puedo conseguir su revista, déjeme su teléfono y le llamo en cuanto la tenga”. ¿O no?

Tienen la suerte estos malos comerciantes -y todos nosotros, incluido mi vecino-, que aquí no impere la ley del oeste porque de imperar, “El Chili” hubiera cogido su fusil, hubiera vuelto ante el tendero y arqueando las piernas mientras apuntaba hubiera dicho algo así: “vuelve ahora a repetirlo forastero”.